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23.10.2005 Pies & calcetines de colores vs. el Hombre DescerebradoHace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana...
Mónica me dice que se pueden tener los pies feos, pero nunca bonitos. Los pies no son bonitos. Está indignada con una amiga suya que presume de pies. Para demostrarme que está cargada de razones, me muestra sus "argumentos". Fuera zapatos. Fuera calcetines. (Esta chica parece Casimiro camino de la cama). Deja sus pies al alcance de mis manos. "¿A que no has visto nunca unos pies tan hemosos como éstos? Y no son bonitos, símplemente... no son feos". La verdad es que sus pies son una preciosidad. Perfectos. Y no soy ningún fetichista.
La situación es embarazosa. Recuerdo un diálogo entre John Travolta y Samuel L. Jackson en Pulp Fiction. A un hawaiano enorme lo han tirado por la ventana. Al parecer, el capo mafioso le pilló haciéndole un trabajito en los pies a su mujer. Jackson defiende a su colega. Asegura que el castigo ha sido desmesurado para una falta tan nimia, que un masaje en los pies no significa nada. Travolta le replica que, en ese caso, estaría gustoso de que Jackson le hiciera un masaje en los pies. ¡Joder, todos los masajes que hizo Travolta en los pies de alguien significaron algo!
Intento expulsar a Jackson y a Travolta de mi mente y dejarla en blanco. Tengo los pies de Mónica sobre mis rodillas. Refugio mis pensamientos en una imaginaria cueva, inexpugnable al inminente dolor que se avecina. Pero no puedo evitar que Jackson se aparezca en forma de diablillo, tentándome: "Venga tío, tócale los pies, exprímelos con las dos manos a la vez". Y un diminuto angel con la fisonomía de Travolta me regaña: "Sabes que NO debes hacerlo, Puck". Coño, si yo no me llamo Puck. Decido mandar a Jackson y a Travolta a la mierda, aunque no en ese orden. Encaro la situación.
"Mónica, tienes unos pies preciosos. A mí me gustan. Tus calcetines no les hacen justicia". Unos calcetines de Silvestre y Piolín, muy monos, salieron disparados cuando Mónica se los quitó. Temo que se los haya apropiado la cosa esa que vive bajo el sofá. Hubiera sido más conveniente haber ido a la sala zen, pero no he podido limpiarla desde que me abandonó la aspiradora. Como siempre he estado orgulloso de mis pinreles (tengo unos pies cojonudos), no dudo en imitar a Mónica y descalzarme. Hagamos una clase práctica. Fuera zapatos. Fuera calcetines. Al menos tuve la precaución de encender un incienso de fruta de la pasión sobre la chimenea. Le enseño a Mónica mis pies de bebé.
"¿Sabes? Solía acariciar al perro con los pies. Los tengo muy suaves" Upss. Creo que ese comentario no ha sido del todo apropiado. Menos mal que Mónica es una mujer inteligente, mucho más que yo (que no soy ni inteligente ni mujer). Se ríe con gracia. "Pues serán suaves, pero son horribles, jaja". Eso me duele. No dudo en responder a la provocación comenzando una guerra de pies con Mónica. Salgo derrotado.
Afortunadamente me salva la campana. Llaman al timbre. Es la vecina del primero, una de las más jóvenes. No pasa de los 85. "Ay Puck, hijo, he perdido las gafas de lejos". (Y dale, que yo no me llamo Puck. Ni mucho menos soy su hijo, su hijo desapareció en la primera guerra carlista, señora). "Pues yo no las he visto, Dª Carmen" (y no pienso ayudarle a buscarlas justo en este momento tan íntimo). Demasiado tarde. Dª Carmen es muy hábil. Se ha colado en casa antes de que consiga cerrar la puerta y ha metido la directa al mueble-bar. Siempre guardo una botellita de chinchón para estas ocasiones. Creo que el chinchón es el secreto de la longevidad de mis vecinas, así que desde hace tiempo me tomo un lingotazo para desayunar. Somos una comunidad tan unida como la de los Apartamentos Dakota en Nueva York. Pero no queda ninguna vecina en edad fértil para engendrarle un hijo a Lucifer, así que nuestro futuro es incierto.
El olor a chinchón atrae a mis vecinas como moscas. Al poco tiempo, tengo todo un asilo llamando a la puerta. Dª Concha, del ático (81 años, viuda en terceras nupcias y en tratos con D. José Luis, un jovenzuelo de 71). Dª Sofía, del tercero (87 años y conservando plenamente sus facultades); le acompañan su asistenta ecuatoriana (Nancy, 67 años) y su hermana pequeña (Dª Almudena, 85 años). Dª Mariví (93 años, vive en la mano derecha) se encuentra un poco pachucha de un orzuelo, pero ha dejado recado de que le lleve una copita a la cama. Las vecinas mayores no han dado aún señales de vida. Su percepción olfativa últimamente replica con retraso.
Le sugiero a Mónica que abandonemos el campo de batalla a su suerte y entablemos negociaciones de paz en su casa. Mónica contesta que ni muerta. Que la única razón por la que no ha salido corriendo es que no encuentra sus calcetines de Silvestre y Piolín. Y añade: "Puck, eres un gilipollas". ¿Por qué hoy todo el mundo me llama Puck? "Gilipollas" es un cumplido viniendo de Mónica, por lo que aún conservo alguna esperanza. Intento arreglar la situación, le ayudo a buscar los calcetines. Sin embargo, me da un miedo atroz enfrentarme a la cosa que vive bajo el sofá. Nuestro último encuentro no fue muy amistoso. Es entonces cuando tengo una idea genial.
"Dª Carmen, ¿podría Vd. ayudarnos a buscar unos calcetines de colores que hemos extraviado? Por favor, mire debajo del sofá" - a las malas, la cosa se comerá a Dª Carmen y me ahorraré una fortuna en chinchón y psicoanalistas. Dª Carmen, siempre tan coqueta, da un triple salto mortal que aprendió en su clase de esgrima japonesa y desaparece bajo el sofá. Se queja de que está muy oscuro y que sin sus gafas de lejos no puede ver nada. Pero es una mujer de recursos y lleva un lanzallamas en el bolso. Al primer fogonazo, la cosa sale corriendo por el salón... con gran alegría, ¡compruebo que es la aspiradora! Aún le asoman los calcetines de Mónica por el tubo telescópico. Nobleza obliga, la persigo hasta el baño e intento placarla de un salto. Fracaso. Caigo sobre el retrete. Me lesiono de gravedad en una uña.
Mientras tanto, Dª Concha, Dª Sofía, Nancy y Dª Almudena han forzado la puerta con un ariete vikingo y asaltan el mini-bar. Dª Concha me reprocha que nunca tengo vasos de tamaño chupito en el congelador, que a dónde vamos a llegar. Y que a ver si tengo más educados a los electrodomésticos, que la aspiradora se ha tragado la botella de chinchón y no la quiere compartir. Esa dosis de chinchón es casi letal para la aspiradora y, al borde del coma etílico, vomita los calcetines de Mónica y unos pololos malva que tejí en mi época de insomnio (hacía tiempo que los echaba en falta). Pero ni rastro de la botella de chinchón. Así que Dª Carmen (que ha vuelto del inframundo), Dª Concha, Dª Sofía, Nancy y Dª Almudena matan a la aspiradora y la destripan.
Yo aprovecho la confusión para coger los calcetines a tiempo. Así que dejo a las señoras con sus asuntos y me dirijo a Mónica con una sonrisa de oreja a oreja. Cuál es mi sorpresa cuando la veo departiendo amigablemente (de una forma un tanto sospechosa) con D. José Luis, que ha venido en busca de su novia (Dª Concha) extrañado por su prolongada ausencia. Me consta que D. José Luis es un crápula. Temo que Mónica esté sucumbiendo a sus encantos. Desearía que Jackson me aconsejara una estrategia, pero el muy haragán nunca aparece cuando realmente le necesito.
Al cabo de un rato de ligoteo intensivo, D. José Luis le confiesa a Mónica que, en realidad, es Roman Polanski. Que está de incógnito para evitar que le extraditen a los Estados Unidos. Y que Dª Mariví no sufre de un orzuelo. Que la comunidad de propietarios encubre una secta luciferina y que Dª Mariví se recupera de un aborto, intento frustrado de darle un hijo a Luzbel. (Comprendo entonces que, quizá, debiera haber asistido a las juntas de vecinos... las derramas para el tratamiento de fertilidad de Dª Mariví han sido onerosas en exceso). ¿Podría ser, pregunta Polanski, que una mujer joven y hermosa como Mónica se prestara a yacer con el diablo esa misma noche? Tendrían mayores probabilidades de éxito.
Mónica está al borde de un ataque de nervios. Sometida a tanto estrés y a la seductora voz de Roman Polanski (que, a pesar de que habla en su polaco natal, se expresa muy bien), acaba confesando que es Carmen Maura disfrazada de veinteañera. Que su intención inicial esa tarde había sido que yo le hiciera un masaje en los pies y, quizá, acostarse conmigo. Pero que hacerlo con el diablo no tenía ni punto de comparación... aceptaba encantada. Después de trabajar con Almodóvar y con Alex de la Iglesia, Lucifer era pan comido. Que qué tal se le daban al diablo los masajes en los pies. Es entonces cuando empiezo a barruntar que lo único que voy a sacar en claro es un soberano dolor de huevos. Si ya me lo había advertido Travolta... Decido dejar a la tropa en casa y bajar al bar a echar un trago. La barra del bar nunca me abandona (no como la traidora de Mónica, que me deja por un... por un... ¡por un tío con cuernos y un aliento apestoso!). Además el camarero está acostumbrado a que ahogue las penas en alcohol en su compañía. Me está cogiendo afecto. Me sigue echando a patadas en cuanto se me acaba el dinero, pero cada vez lo hace con más suavidad.
Cuando llego al bar compruebo que mi desgracia es absoluta. Travolta y Jackson están vestidos de negro junto a la máquina de discos y se acaban de cargar al camarero. Parece que no me podré tomar esa copa... Jackson alega en su defensa que el camarero empezó primero. Que les vació un cargador a quemarropa, pero que por fortuna todas las balas fallaron su objetivo. Tienen que irse a toda hostia porque les falta por hacer mucho trabajo atrasado. Pero como quiera que Travolta me ve un tanto desanimado, me sugiere que me una a la Iglesia de la Cienciología. "Puck, Jesucristo es lo que te falta en tu vida". "Mira, Travolta, tío... yo no me llamo Puck".
...en la que no había tocapiés (ni mucho menos tenían hermanas, jaja) Комментарии (7)Чтобы добавить комментарий, войдите с помощью идентификатора Windows Live ID (если используется учетная запись служб Hotmail и Xbox LIVE или программы Messenger, у вас уже есть идентификатор Windows Live ID). Войти Нет идентификатора Windows Live ID? Зарегистрироваться
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