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10/12/2005 Delitos y faltasDurante un extraño juicio, soy a la vez el acusado y el principal testigo de cargo de la acusación. Recuerdo verme a mí mismo en el estrado, desde el banquillo de los reos... No me comunicaron los detalles de mi procesamiento. Al parecer, fui yo mismo quien denunció graves delitos en mi contra. Así que deberé declararme culpable en mis alegaciones. No deja de ser extraño, sin embargo, que haya olvidado la acusación y que no logre recordar cuáles son los crímenes que he cometido (aparentemente, una gran infamia a la que se reserva el garrote más vil). En todo caso, este proceso kafkiano ha de continuar su curso. Me parece justo. Por mor del secreto del sumario, la fase de instrucción se completó sin mi conocimiento. Es por ello que la policía judicial vino a buscarme de forma sorpresiva a mi casa. Me esposaron para conducirme al tribunal. Como todo juicio, éste sufre numerosas interrupciones o, como dicen en las películas americanas, recesos. Durante los recesos, salgo a pasear (he de suponer que en mi condición de testigo, ya que nunca se permitirían paseos al aire libre a un reo de infamia). Cuando salgo, siempre la veo a ella. A la chica de las flores amarillas. La preciosa mimo bailando sus silenciosas coreografías. Cada vez que la miro, le sugiero sin palabras una música distinta. Pero ella nunca me comprende. O quizá lo que sucede es que no le gustan mis músicas y se hace la distraída. El juicio avanza. En un momento dado, el juez rompe mi pasaporte. Por la contraportada, donde consta la foto e identificación del titular. Aunque no he tenido acceso a la práctica de las pruebas, creo que el proceso ha concluido con un veredicto de culpabilidad. No estoy seguro de a qué pena se me sentencia. O puede que sí, pues comprendo al fin que también soy el juez y el jurado... en realidad, ni siquiera creo que el juicio terminara realmente. Quizá el proceso dure para siempre, hasta el resto de mis días. ¿Dónde encontraré abogado que me defienda? Sólo sé que me siento libre para irme, a la vez condenado y exculpado. Cuando salgo del juzgado vuelvo a encontrarla a ella. En un parque otoñal, con miles de millones de hojas caídas y sobredosis de colores marrones y amarillos. Está bailando una coreografía de cajita de música, con los brazos arqueados en perfecta formación. Y, por fin, con la música que yo, no sé cuando, le he pedido. La Gymnopedie no. 1 de Satie que, pese a que no es apta para la danza, ella baila con gracia. Me acerco poco a poco. La miro extasiado, encantado como un santón hindú encanta a las serpientes. Ella baila de espaldas a mí, pero noto que me siente. Al sonar los últimos compases (¿quién diablos estará tocando el piano?) comienzo a retirarme, pues me aterra tanta belleza. Justo al final, con las últimas notas, ella se vuelve súbita. Me coge de la mano. Me tranquiliza al pedirme con los ojos que corresponda a su gesto. Al fin me habla y me dice, muy alto, "¡fuerte!". Que le coja la mano fuerte. Su grito, la primera palabra que oigo de sus labios, me sobresalta, me corta la respiración... y despierto. Cuando lo hago, no estoy seguro de si yo la he soñado a ella o ella me ha soñado a mí. Los sueños son engañosos... disfruto durante un rato imaginándolo. No vuelvo a dormir durante días. Un sueño excepcional... es curioso porque yo nunca, nunca, recuerdo mis sueños. ...que termine un momento precioso y le suceda la vulgaridad, y nadar mar adentro y no poder salir ("Mar Adentro", Héroes) Comments (17)
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